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Sin embargo, además de su «navegación a estima», el maestre pretendía determinar su distancia meridiana respecto a las campanas de St. Mary-le-Bow con una observación lunar ocasional, que consiste —creo— en obtener con los instrumentos adecuados la distancia angular entre la luna y alguna estrella. En general, la operación exige que dos observadores hagan la medición al mismo tiempo.

Pues bien, aunque el maestre, exclusivamente, podía estar bien preparado para ello, en la medida en que por lo común veía las cosas dobles, casi siempre era el doctor el llamado a desempeñar el papel de una especie de segundo cuadrante para Jermin, que hacía las veces de primero; con las jugarretas de ambos, solíamos tener una buena cantidad de diversión. Los intentos temblorosos del maestre para nivelar su instrumento con la estrella que estaba buscando eran bastante cómicos. Por mi parte, cuando de verdad conseguía enfocarla, no me era posible determinar cómo lograba separar esa imagen de la del huésped astral que se revolvía en su cerebro.

Sin embargo, a tuertas o a derechas, el maestre nos conducía, y no pasó demasiado tiempo hasta el día en que un hombre, enviado a remendar un desgarro de la gavia de trinquete, echó su gorra al aire y vociferó:

—¡Tierra, tierra!


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