Omu
Omu Seguimos deslizándonos hasta llegar a una distancia de menos de un cable de la costa, dibujada por una línea de espuma que centelleaba en toda su extensión: dentro, al abrigo, la laguna azul y quieta. No se veía ni un ser viviente y, por lo que sabíamos, bien podíamos ser los primeros mortales que hubiesen llegado a ese sitio. La idea era estimulante para la imaginación, y no pude menos que soñar con las ilimitadas grutas y galerías, que tan lejos estaban de la iniciativa del marinero.
¡Cuántas formas extrañas habría allí, latentes! ¡Pensar en esas criaturas ondulantes, las sirenas; en cómo se perseguirían unas a otras entre las celdillas de coral, en cómo envolverían sus largos cabellos en las ramas del coral!