Omu
Omu Pero todo eso nada tenía que ver con su capacidad marinera: en eso, la guapa Julita, la regordeta Julita era una bruja. Soplara fuerte o suave, la brisa siempre la encontraba preparada, y cuando cortaba las olas con su proa, y cabriolaba y piafaba sobre la mar, nadie podía pensar en sus velas remendadas ni en su casco herido. ¡Cómo volaba la rapaza por delante del viento! Por supuesto que cabeceaba de vez en cuando, pero a modo de puro jugueteo. Cuando navegaba a barlovento, no había ciclón que la pudiera abrumar: con los mástiles erguidos se encaminaba hacia el ojo del huracán y así avanzaba.
Pero, después de todo, no se podía confiar demasiado en Julita. Vivaz y juguetona, sí que lo era, pero por eso mismo no había que fiarse de ella. Quién podía saberlo, pero como cualquier mortal de edad aún vivaz que de pronto se desmorona, en una noche oscura bien podía tener una vía de agua y llevarnos a todos al fondo de la mar. Sin embargo, no nos hizo semejante jugarreta y, por tanto, ofendí a Julita con mi suposición.
Su cometido era libre y variable. Según sus papeles, podía ocuparse en lo que quisiese: caza de ballenas o de focas o cualquier otra cosa, aunque sobre todo se dedicaba a las ballenas, si bien hasta aquel momento sólo había llevado dos consigo.