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Tampoco era poco lo que debía decir respecto a la mala calidad de lo que teníamos que comer —que no valía ni para un perro—, además de abundar acerca de la imprudencia de confiar la nave por más tiempo a un hombre de costumbres poco morigeradas, como era el maestre. Aún más, con tantos enfermos, ¿qué se podía esperar que hiciéramos en las zonas de pesca? Hablar no tenía sentido: pasara lo que pasase, el barco tenía que echar el ancla.

En vista de que el Tarugo, además de ser un buen marino, era un lobo de mar en el castillo de proa y probablemente el mayor de todos los tripulantes, y más aún, siendo hombre tan hondamente identificado con los sentimientos a los que con tanta calidez respondían los otros marineros, fue nombrado de inmediato representante para cuando el cónsul estuviera en disposición de dirigirse a nosotros. La elección se hizo en contra del parecer del doctor y mío; sin embargo, todos nos aseguraron que guardarían silencio, y escucharían lo que Wilson nos dijera antes de adoptar cualquier decisión.

No estuvimos demasiado tiempo a la expectativa, porque no tardó en aparecer el personaje en la puerta de la cámara con la caja de latón barnizado que contenía los papeles del barco, y Jermin ordenó de inmediato que la tripulación se reuniera en el alcázar.


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