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CAPÍTULO XXI

PROCEDIMIENTOS DEL CÓNSUL

 

Al instante se obedeció la orden y los marineros formaron fila frente al cónsul. Eran un conjunto bravío, hombres de diversos climas, nada puntillosos en su arreglo pero pintorescos con sus guiñapos. Mi amigo el doctor Fantasma también estaba entre ellos y, quizá con la idea de despertar las simpatías del cónsul hacia un caballero en desgracia, se había tomado más molestias de las habituales en su apariencia. Pero entre los marineros, parecía una grulla de tierra arrastrada hasta el mar, donde convivía con los petreles.

Sin embargo, el solitario Filástica era con mucho la figura más notable. Como era un bisoño, hacía mucho que habían desaparecido sus ropas de marinero, y estaba más que satisfecho llevando cualquier cosa que pudiera encontrar. Su prenda superior —una pieza de vestimenta muy poco marinera, que él usaba a pesar de todo, aunque se la rasgaban por la espalda veinte veces por día— era una vieja levita, o chaqueta con colas de pingüino, que en otros tiempos había pertenecido al capitán Guy y que había sido uno de sus emolumentos en su época de camarero.


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