Omu
Omu Junto a Wilson estaba el maestre, descubierta la cabeza, con los mechones grises que caían en rizos sobre su entrecejo bronceado, a la vez que sus ojos incisivos analizaban al grupo como si conocieran cada uno de los pensamientos de aquellos hombres. Su chaqueta estaba abierta, y dejaba a la vista el cuello fuerte, el pecho piloso y los brazos cortos, nervudos, llenos de marcas de puñetazos y adornados con no pocos dibujos en tinta china.
En medio de un silencio singular, el cónsul desenrolló los papeles, con la evidente intención de producir cierto efecto, dada la grandeza de su propio aspecto.
—Señor Jermin, lea los nombres. —Y le entregó una lista de la tripulación.
Estaban todos presentes, exceptuados los desertores y los dos marineros que descansaban en el fondo del océano.
Se suponía que en ese momento saldría a relucir el memorial «circular», y algo se dijo al respecto, pero no fue así. Entre los papeles del cónsul, sólo se esperaba ver ese documento pero, si estaba entre ellos, se lo consideraba demasiado despreciable para ser tema de comentario. Algunos de los presentes, con la acertada idea de que se trataba de una producción literaria muy poco común, se habían prometido que obraría toda clase de milagros y, por consiguiente, se sintieron muy molestos ante ese desdén.