Omu

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—No le tendréis, le entregaré al cónsul; vosotros, a vuestros puestos. Ya os he dicho: cuando haya que ahogar a alguien, yo daré la orden. ¡Fuera de aquí, piratas ansiosos de sangre!

Fueron inútiles los ruegos y las amenazas: Jermin, aunque no estaba precisamente sobrio, se mantuvo en sus trece, y de allí a poco se dispersaron, y no tardaron mucho en olvidar todo lo que había ocurrido.

Aunque no tuvimos oportunidad de oír que lo confesara, que Bembo había intentado aniquilarnos a todos era algo que no admitía discusión. Su único motivo debía haber sido un deseo de venganza por la afrenta recibida la noche anterior, una herida en un corazón salvaje de salvajismo irrecuperable, que en ningún momento sentía ninguna disposición fraternal hacia los tripulantes.

Durante toda la escena, el doctor hizo todo lo posible para salvarlo, pero, seguro de que todo lo que yo hubiese podido hacer habría sido igualmente inútil, no abandoné mi puesto junto al timón. Sin duda, nadie más que Jermin podría haber impedido aquel asesinato.


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