Omu
Omu —¡Tiradlos a los dos por la borda! —exclamó el carpintero y saltó hacia delante, pero los demás retrocedieron ante el coraje de Jermin y, con la velocidad del pensamiento, Bembo, ileso, se puso en pie sobre cubierta.
—¡Tú delante! —exclamó su libertador, y lo empujó hacia el grupo de hombres, con el buen cuidado de seguirle de muy cerca. Sin dar tiempo a los marineros para que se recuperasen, empujó al maorí para que marchara delante de él hasta llegar a la escotilla de la cámara y abrirla; allí se detuvo. En ningún momento Bembo dijo ni una sola palabra.
—¡Ahora, a vuestros puestos! —exclamó el maestre dirigiéndose a los tripulantes, quienes en esos momentos se habían vuelto a agrupar, y no estaban dispuestos a dejar escapar a su víctima.
—¡El maorí! ¡El maorí! —gritaron.
Entonces el doctor, en respuesta a las preguntas reiteradas del maestre, dio un paso adelante y contó lo que Bembo había hecho, algo que el maestre había entendido sólo a medias por las violentas amenazas oídas.
Por un instante pareció que vacilaba pero al fin giró la llave en el candado de la tapa de la escotilla y con los dientes apretados dijo: