Omu
Omu Pero el maestre no era hombre de amilanarse, y así fue como situó a todos los hombres que tenía en los cabos de las vergas, saltó a las batayolas, y tras pedir a todos que se mantuviesen bien despiertos, ordenó poner la caña a barlovento. Al cabo de unos momentos, nos dirigíamos a puerto. Estaba cercano el mediodía, el viento nos abandonaba, y, cuando las olas rugían por ambas bandas, apenas si nos quedaba algo más que la velocidad indicada para gobernar la nave. Pero seguíamos adelante, suavemente, con destreza, y evitábamos los objetos verdes, oscuros, que aquí y allá sembraban nuestro rumbo: Jermin miraba de vez en cuando al agua y después a su alrededor, con la máxima calma, sin decir ni una palabra. Así avanzamos, y al cabo de no muchos minutos ya habíamos sorteado todo peligro y flotábamos dentro de la ensenada interior. Aquélla fue la muestra máxima de capacidad marinera que nos dio Jermin.