Omu

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Continuábamos nuestra marcha hacia la fragata y el resto de las embarcaciones, cuando se acercó una canoa, que había salido de entre los barcos fondeados. En ella venían un joven y un hombre mayor, ambos isleños; el primero iba casi desnudo y el segundo, vestido con un viejo chaquetón marinero. Ambos remaban a brazo partido; de cuando en cuando el viejo sacaba el remo del agua, golpeaba a su compañero en la cabeza y ambos renovaban su esfuerzo. Cuando estuvieron al alcance de la voz, el viejo se puso en pie, agitó el remo, y se marcó unas cabriolas de lo más curiosas, a la vez que farfullaba algo que al principio no conseguimos comprender.

Por fin logramos entender lo siguiente:

—¡Eh! ¡Eh, usted, pemi, eh! ¡Ha llegado! ¿A qué ha venido? Lo ha hecho muy bien para entrar sin piloto. Le digo, ¿me oye? Le digo, usted ita maitai (no es bueno). ¿Me oye? Usted no es piloto. Sí, usted, usted, que no es piloto de nada, usted, ¿me oye?





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