Omu
Omu Este discurso, que mostraba con claridad cuán en serio iba ese viejo pillo, tratara de lo que se tratase, suscitó un aluvión de carcajadas en el barco, que al parecer lo pusieron en su sitio: el muchacho, que con el remo alzado le estaba mirando, recibió un sonoro capón, que lo devolvió a su faena en un abrir y cerrar de ojos, y acercó aún más la canoa. El orador volvió a tomar la palabra, y se comprobó que su vehemente retórica se dirigía por entero al maestre, que aún estaba en pie sobre las batayolas.
Pero Jermin no estaba de humor para tonterías, por lo que, con una de esas bendiciones marineras, le ordenó que se apartara. El viejo entonces montó en una agitación considerable, entre maldiciones y juramentos peores que los que ningún ser humano hubiera oído jamás.
—¿Usted mí sabbi? 15—vociferó—. ¿Usted conoce a mí? Pues bien: yo, Jim, yo piloto, siendo piloto hace mucho tiempo.
—¡Ah! —exclamó Jermin, muy sorprendido, como todos lo estábamos—. O sea que eres el práctico, viejo pagano. ¿Por qué no has ido a alta mar antes?
—¡Ah! Mí sabbi, mí conocer… usted pirate (pirata)… le había visto antes mucho, pero no ir… Mí sabbi usted, usted ita maitai nui (malo en grado superlativo).