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—Apartaos de aquí —rugió Jermin, furibundo—. ¡Fuera de aquí, si no queréis que os dispare un arpón!

Pero en lugar de obedecer la orden, Jim empuñó su remo y arrojó la canoa contra el portalón, y en dos saltos estuvo sobre cubierta. Bajó aún más el pañuelo grasiento que le cubría la frente, se acomodó el chaquetón con energía, y se acercó al maestre. Con un estilo más florido que el anterior, le hizo entender que el temible «Jim» en persona era quien estaba ante él; que el barco era suyo hasta que se echara el ancla y que tendría que oír lo que todo el mundo iba a tener que decirle.

Como no parecía que hubiese ninguna duda sobre que el personaje era quien decía ser, el Julia, al fin, se rindió.

Nuestro personaje se ocupó entonces de llevarnos hasta el punto en que debíamos anclar, saltando entre los guardabauprés y bramando:

—¡Orza, orza! ¡Cuidado, aparta!

Y en todo momento insistía en que el timonel debía responderle respetuosamente. Para entonces, nuestra velocidad era casi nula y no obstante, al dar sus órdenes, el vehemente viejo metía tanta bulla como una turbonada a bordo del buque fantasma.


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