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CAPÍTULO XXVIII

RECEPCIÓN FRANCESA

 

Al cabo de unos momentos estábamos formados en la pasarela de la fragata, y el primer teniente —un oficial de cara amarillenta, vestido con una casaca mal cortada y unos galones dorados raídos— se acercó a nosotros con el ceño fruncido.

La cabeza de aquel caballero era un mero espacio calvo; sus piernas, palillos; en síntesis, todo su vigor físico parecía haberse agotado en la producción de un enorme mostacho. El Viejo Gutagamba —que así se le llamó de inmediato— recibió un papel de manos del cónsul, lo abrió, y empezó a comparar los bienes entregados con el albalá.

Después de que nos contaran cuidadosamente, fue llamado un menudo y dócil guardia marina, y pronto quedamos bajo la custodia de media docena de marineros militares, unos tipos vestidos con capas impermeables y armados con mosquetes. Precedidos por un funcionario pomposo (al que tomamos por uno de los cabos del barco, por su roten y el galón dorado de su manga), nos escoltaron por la escalerilla hasta la cubierta de las literas.

Allí, con gran cortesía, nos esposaron a todos; el hombre del bambú mostró la máxima solicitud para proporcionarnos las mejores cadenas, elegidas en un gran cesto lleno de artículos adecuados para el menester, de una amplia variedad de tamaños.


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