Omu
Omu Con la sorpresa de tan incivilizado recibimiento, pocos integrantes del grupo opusieron reparos, pero al fin la timidez resultó vencida y, por último, nuestros pies quedaron insertos en pesados grilletes que se podÃan desplazar por una gran barra atornillada a la cubierta. Después de esto, nos consideramos definitivamente instalados en nuestras nuevas dependencias.
—¡Que el diablo se lleve sus hierros viejos! —exclamó el doctor—; de haber sabido esto, me habrÃa quedado donde estaba.
—¡Ja, ja! —chilló Jack el Rayo—. Por eso está dentro, doctor Fantasma.
—De cualquier manera, sólo mis manos y mis pies lo están —fue la respuesta.
Nos pusieron encima un centinela, un perfecto bisoño el tÃo, que caminaba arriba y abajo con un estropeado machete de las más extraordinarias dimensiones. Por su longitud nos hicimos cierta idea de que estaba pensado para mantener a una multitud en orden: podÃa pasar por encima de las cabezas de, digamos, una media docena de hombres para herir a cualquiera que estuviera por detrás.
—¡Dios! —exclamó el doctor, estremecido—. ¡Qué sensación tremenda será la de morir por semejante arma!