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CAPÍTULO XXXI

LA CALABUZA BERETANI

 

Más o menos a una milla de la aldea nos detuvimos.

Era un lugar hermoso. Un río de montaña fluía al pie de una elevación cubierta de vegetación. De un lado, se oía el murmullo de las aguas, que corrían sobre un cauce de pequeñas y brillantes conchas y llegaban hasta el mar; del otro, había un largo desfiladero, donde el ojo seguía una huella luciente, sinuosa, que se perdía entre las sombras y la fronda.

El espacio contiguo al camino estaba vallado con un parapeto bajo y rústico de piedras; sobre la cima de la elevación vecina había una amplia casa nativa, cuyo tejado era de un blanco resplandeciente y su forma, oval.

Calabuza! Calabuza Beretani! (la cárcel inglesa) —gritó nuestro guía, señalando la edificación.

Hasta hacía unos meses, el cónsul había usado esa casa para recluir a sus marineros indóciles, y le habían puesto ese nombre para diferenciarla de sitios similares de Papeete y sus alrededores.


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