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De acuerdo con las últimas noticias, la mayoría de los nativos aún se resiste al dominio de los franceses, y es muy difícil predecir qué giro darán los acontecimientos de ahora en adelante. En cualquier caso, estos desórdenes acelerarán la extinción de su raza.

Con los pocos oficiales que dejó Du Petit Thouars, permanecieron varios sacerdotes franceses, a quienes un artículo del tratado daba las máximas garantías para que se esforzaran en la difusión de su fe. Pero nadie se prestó a brindarles ningún servicio, y mucho menos algo de comida, el primer día que pisaron tierra. Por cierto que tenían gran cantidad de oro, pero para los nativos era anatema, es decir, tabú, y durante varias horas y no pocos minutos se negaron a tocarlo. Consideraban a los extranjeros emisarios del Papa y del demonio, que apenas si se habían quitado de encima el olor a azufre de sus ropas talares. Por lo tanto, ¿qué isleño iba a aventurarse a perder su alma y a atraer el añublo a sus frutos del pan manteniendo la menor relación con ellos? Esa mañana, los sacerdotes merendaron en un bosquecillo de cocoteros, pero antes de la noche se les dio cristiana hospitalidad —a cambio del equivalente comercial en dólares contantes y sonantes— en una casa vecina.



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