Omu
Omu A medida que, de un modo insensible, fue menguando la vigilancia del Capitán Bob, empezamos a alejarnos más y más de la Calabuza, y conseguimos hacer incursiones sistemáticas por todos los campos circundantes para remediar algunas de nuestras carencias. Por fortuna, las casas de los nativos acomodados estaban tan abiertas como las de los indigentes, y nos trataron con bondad tanto en unas como en otras.
De cuando en cuando, nuestra llegada coincidÃa con una matanza del cerdo en casa de un jefe: los chillidos del animal casi siempre se oÃan a gran distancia. Estas ocasiones reúnen a todos los vecinos, y se hace un pequeño festejo, donde un forastero siempre es bienvenido. Por lo tanto, un chillido penetrante era música para nuestros oÃdos, y nos indicaba que algo sucedÃa en esa dirección.
Llegar como llegábamos, en desorden, siempre producÃa gran efecto. A veces encontrábamos al animal aún vivo y revolviéndose, caso en que por lo común se soltaba a nuestra llegada. Para hacer frente a estas emergencias, Jack el
Rayo en general acudÃa a la escena de esas operaciones con cuchillo entre los dientes y una porra en la mano. Otros eran notablemente solÃcitos en la faena de chamuscar las cerdas y destripar. Pero el doctor Fantasma y yo jamás nos inmiscuÃamos en estos menesteres, sino que compartÃamos el festejo con energÃa sin par.