Omu
Omu Como era de suponer, a la hora señalada llegó un joven nativo con una pequeña cesta de hojas de cocotero llena de polvos, cajas de píldoras y redomas, cada una con su nombre y las prescripciones escritas en grandes letras redondillas. Todos a una, los marineros hicieron rebatiña entre el surtido, con la extraña impresión de que alguna de las pociones podría estar condimentada con alcohol. Pero, por su carácter de médico, se otorgó al doctor Fantasma el privilegio de leer primero las etiquetas y se le entregó la cesta.
Lo primero que salió fue «Para William: friegas».
Aquella redoma tenía un olor sin duda espiritoso y, en cuanto la recibió, el paciente hizo una inmediata aplicación interna del contenido. El doctor le miró aterrado.
Al momento se produjo una enorme conmoción. Los polvos y las píldoras pasaron a considerarse simples medicinas en el mercado, y a los destinatarios de las redomas se los consideró muchachos afortunados. Johnson debía de conocer lo suficiente a los marineros como para hacer que algunas de sus medicinas fueran agradables al paladar, o al menos así lo sospechaba Fantasma. Lo cierto es que todos les tomaron gusto a las botellitas; aunque no fuesen agradables, nadie hacía caso de las indicaciones, y el contenido de todas siguió idéntico camino.