Omu
Omu La más grande de todas, en realidad una botella con un líquido que olía a brandy quemado, llevaba una etiqueta en la que se leía: «Para Daniel: beber a voluntad hasta que se alivie». Así lo hizo Dan el Negro, y habría terminado con la bebida al instante, de no haber sido porque la botella, tras una fiera pugna, le fue arrebatada de las manos, y pasó por toda la rueda como una jocunda licorera. Este buen hombre se había quejado de los efectos de una ingestión inmoderada de frutas.
En su visita de la mañana siguiente, nuestro galeno se encontró con su primoroso grupo de pacientes tendidos todos tras los cepos y «tan buenos como se podía esperar».
Pero comprobó que las píldoras y los polvos habían sido totalmente inútiles, tal vez porque nadie los había tomado. Para que fuesen eficaces, se sugirió que en el futuro llegaran acompañados por una botella de pisco. Según las ideas de Jack el Rayo, los específicos medicinales puros sólo eran, en el mejor de los casos, un producto seco, y se necesitaba algo bueno para que pasaran por el gaznate.