Omu
Omu La playa estaba muy cerca, y por completo deshabitada en esa zona; corrimos hacia allá, y a una distancia de un cable vimos que la Julita se deslizaba ante nosotros: estaban izando los juanetes y, sobre las jarcias, un muchacho con una pierna por encima de la verga estaba soltando el sobrejuanete de proa. Las cubiertas eran todo vida y conmoción; los marineros del castillo de proa cantaban Ho, cheerly men! Mientras, recogían la cadena del ancla con el cabrestante; y el inefable Jermin, con la cabeza descubierta como era su costumbre, de pie en el bauprés, iba dando órdenes. Junto al hombre que iba al timón estaba el capitán Guy, muy tranquilo y con aires de caballero, fumando un puro. El barco no tardó en alcanzar el arrecife; allí cambió de curso, avanzó hasta atravesar la abertura y prosiguió su rumbo.
Así desapareció la Julita, unas tres semanas después de haber entrado en el puerto, y nunca más volví a saber de esta nave.