Omu
Omu Nos dieron una licencia y al ir a tierra, por supuesto, Poky fue mi compañero y guía. No podía haber mortal mejor dotado para esto; su tierra no era muy extensa y él la conocía palmo a palmo. Mientras me llevaba a recorrerla, detenía a todo el mundo para presentar al tayo karhowrí nui, o sea a su amigo blanco particular.
Me hizo conocer a todos los leones, pero sobre todo me llevó a ver una leona encantadora, una joven damisela, hija de un jefe, la fama de cuyos encantos se había esparcido por las islas vecinas e incluso había atraído pretendientes nacidos en ellas. Entre estos últimos estaba Tooboi, heredero del rey Tamatoy de Raiatea, una de las Islas Sociedad. La muchacha era, sin duda, digna de ver. Había varios cielos en sus ojos risueños, y el contorno de aquellos brazos suyos, que se asomaban de un caprichoso vestido de tappa, eran la propia curva de la belleza.
Aunque las atenciones de Poky no tenían fin, jamás pronunció ni una sílaba relacionada con la idea de una recompensa, pero a veces tenía un aire de complicidad. Por fin llegó el día de zarpar y, con él, también su canoa cargada hasta la borda con un montón de frutos para la travesía. Después de darle todo lo que podía eliminar de mi baúl, subí a cubierta para ocupar mi puesto en el cabrestante, pues estábamos levando el ancla. Poky me siguió y haló conmigo de la misma barra.