Omu
Omu Por supuesto, entre aquellos nativos de corazón sencillo, cada uno tuvo un amigo. El mío era Poky, un joven guapo que siempre pensaba que no había hecho lo bastante por mí. Todas las mañanas, al amanecer, su canoa llegaba junto al barco cargada con frutos de toda clase; después de descargarla, quedaba asegurada con un cabo al bauprés, bajo el que Poky se quedaba todo el día, preparado para llevar en cualquier momento a su dueño a tierra o para hacerle algún recado.
Al verle tan incansable, un día le dije a Poky que yo era un gran conocedor de conchas y curiosidades de todo tipo; bastó con eso. Allá se alejó, a golpe de canalete, hacia el centro de la bahía y no supe de él en veinticuatro horas. A la mañana siguiente, su canoa se acercó costeando lentamente, con una frondosa rama de árbol a modo de vela. Para conservar las cosas secas, también había tenido que construir una especie de plataforma justo detrás de la proa, vallada con mimbres tejidos; allí traía un montón de plátanos amarillos y conchas de cauri, cocos tiernos y ramas de coral rojo, dos o tres trozos de madera tallada, un pequeño ídolo negro como el azabache, y rollos de tappa estampada.