Omu
Omu La curiosa forma en que todos los polinesios acostumbran hacerse amigos del alma a la menor ocasión es digna de comentario. Aunque entre un pueblo como el tahitiano, viciado como está por influencias adulterantes, en la mayoría de los casos este hábito degeneró en una mera relación mercenaria, no obstante tuvo su origen en un sentimiento digno, y a veces hasta heroico, que en tiempos cultivaron sus padres.
En los anales de la isla, hay ejemplos de amistades extravagantes, a las que la historia de Damón y Pitias no supera ni iguala, pues resulta mucho menos maravillosa tanto por la entrega que generaban aquéllas —en algunos casos incluso de la vida—, como porque a menudo nacían a primera vista, ante un forastero de otra isla.
Llenos de amor y admiración por los primeros blancos que vieron entre ellos, los polinesios no pudieron dar testimonio más cálido ni más cabal de sus emociones que el ofrecimiento instantáneo y directo de su amistad. Así es como en los relatos de antiguos viajes leemos que los jefes partían en sus barcas e iban haciendo extrañas cabriolas que expresaban ese deseo. De igual modo, los súbditos se acercaban a los marineros, y así continuó esta práctica en algunas islas hasta el presente.
Existe un pequeño lugar, a no muchos días de navegación de Tahití, y muy poco visitado por las naves, en el que fondeó un barco en el que servía yo.