Omu
Omu Por entonces, los buques balleneros que iniciaban su temporada habitual empezaron a arribar a Papeete y, por supuesto, sus tripulaciones nos visitaban con frecuencia. Esta costumbre impera en todo el Pacífico. Ningún marinero pisa tierra sin ir directamente a las «Calabuzas», donde es casi seguro que encontrará a algún pobre compañero, o a más de uno, confinado por deserción, intento de motín o algo semejante. Se ofrece apoyo y, de ser necesario, algo de tabaco, aunque este último es, sin duda, lo que más se aprecia: como consuelo para un prisionero, no tiene precio.
Después de haberle ganado la partida tanto al cónsul como al capitán, nos habíamos convertido en más que objetos de interés corriente para aquellos filántropos, que siempre daban un aplauso cordial a nuestra conducta. Además, invariablemente llevaban algún refrigerio, y a veces algo de pisco, de contrabando. En cierta ocasión en que eran muchos los presentes, se pasó una calabaza por toda la ronda, para recolectar una ayuda pecuniaria en nuestro beneficio.