Omu

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Otro día, un recién llegado propuso que dos o tres de nosotros pasáramos nocturna y recatadamente por su barco, y se comprometió a que volveríamos de regreso bien cargados con provisiones. No era una mala idea, y no demoramos en concretarla. Noche tras noche, los barcos anclados en el puerto recibieron visitas alternativas de rapiñadores que, antes, habían tomado en préstamo la barca del Capitán Bob. Las incursiones se hacían por turnos de a dos, de modo que, en su momento, nos tocó a Fantasma y a mí, porque los marineros nos relacionaban para todo. En tal empresa, no me fiaba del doctor en ningún sentido, pues no era marinero y sí demasiado alto, y una canoa es de lo más celosa para navegar. Sin embargo, no había más remedio que hacerlo, y allá fuimos.

Pero antes de continuar, debo decir unas palabras sobre las canoas. En las Islas Sociedad, el arte de construirlas, como todas las actividades de los nativos, se ha malogrado mucho, y las que se hacen ahora son las menos elegantes y también las más inseguras de los Mares del Sur. En tiempos de Cook, según él mismo relata, había en Tahití una flota real de mil setecientas veinte grandes barcas de guerra, bien talladas y, además, ornamentadas. En la actualidad, las que se usan son bastante pequeñas, sólo troncos vaciados, aguzados en un extremo y así echados al agua.


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