Omu

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Un atardecer, vi sentadas en el porche de la vivienda de un misionero a la dueña de casa y a una joven bonita, rubia, peinada con tirabuzones; disfrutaban de la brisa marina, fresca y cargada de las gotas de agua que producía el choque de las olas contra el arrecife. Mientras me acercaba, la señora me miró con dureza, y hasta su cofia misma parecía expresar una reprobación mojigata. A su lado, los ojos azules, ingleses, también estaban fijos en mí. Pero ¡Cielos, qué delicia recibir esa mirada de una criatura tan bella! De la cofia hostil no me importaba nada, pero ser visto como cualquier cosa que no fuese un caballero por la de los tirabuzones era absolutamente insufrible.

Me decidí a saludar cortésmente, para demostrar mi buena educación, si otra cosa no. Pero llevaba una especie de turbante —al que más adelante aludiré en particular—, y no podía quitármelo y volver a ponérmelo de una manera más o menos digna. De todas maneras, allá fue una reverencia. Mas se presentaba otra dificultad: mi chaqueta era tan holgada que dudé de que se pudiera percibir cualquier inclinación de mi espalda.

—Buenas tardes, señoras —exclamé, por último, del modo más gentil posible, mientras me acercaba—, el aire del mar es delicioso, señoras.


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