Omu

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En una bonita tarde tahitiana —si bien es cierto que allí todas las tardes son bonitas—, se puede ver grupos de sombreros de seda y sombrillas que circulan por la Carretera de la Escoba, tal vez una bandada de pilletes pálidos, blancos, exóticos en su morbidez, o más a menudo aun caballeros ancianos, tranquilos, con sus bastones, a cuyo paso los nativos, aquí y allá, se escabullen dentro de sus chozas. Son los misioneros, sus mujeres e hijos, que van dando un paseo familiar. A veces, incluso bajan a caballo hasta Punta Venus y vuelven, con lo que recorren varias millas. En ese lugar vive el único superviviente de los primeros misioneros que llegaron a tierra; un hombre anciano, de cabellos blancos y aire de santo, que se llama Wilson: el padre de nuestro amigo el cónsul.

Era bastante habitual que me cruzara con esos pequeños grupos de caminantes y, desde luego, me traían muchos recuerdos placenteros de mi tierra y de las damas; por todo esto, realmente deseaba tener una buena chaqueta y un sombrero de copa, para poder acercarme y presentar mis respetos. Pero, dada mi situación, esto era imposible. Sin embargo, en una oportunidad, fijó en mí una mirada gentil e inquisitiva una señora vestida con un traje de zaraza. ¡Qué dulce mujer! No la he olvidado, ni a ella ni a su traje escocés.

No siempre se tiene la gracia de recibir una mirada como aquélla.


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