Omu
Omu De la iglesia depende una escuela dominical muy interesante, y los alumnos, una pandilla vivaracha y traviesa, estaban a un lado de la galería. Me entretuve mirando un grupo que había en un rincón. El maestro, sentado en un extremo del banco, tenía a su lado a un pequeñín sumiso. Cuando los otros se comportaban desordenadamente, ese joven mártir recibía un coscorrón, tal vez para hacer ver a los otros lo que les esperaba, si no se corregían.
De pie en la parte central de la iglesia, apoyado en un pilar, vi a un hombre viejo, de aspecto muy distinto del de sus paisanos. No llevaba más que un manto corto y raído de deslucida tappa, y por su actitud sorprendida, apabullada, deduje que sería un rústico del interior, nada habituado a lo que se ve y se oye en una metrópoli. Este buen hombre recibió una dura reprimenda por estar de pie, porque interceptaba la visual de los que estaban detrás; pero él no entendió bien lo que le decían y, por lo tanto, uno de los caballeretes de blanco, sin ceremonia alguna, lo agarró de los hombros y le obligó a desplomarse sobre un asiento.
El viejo misionero, que estaba en el púlpito, no se arriesgó a intervenir en el asunto —como tampoco lo hicieron sus colegas sentados abajo—, y lo dejó todo en manos de la diligencia de los nativos. De otra manera no se puede salir adelante cuando se reúne un gran número de isleños de los Mares del Sur.