Omu
Omu SERMÓN DE UN MISIONERO - ALGUNAS REFLEXIONES
Cuando por fin se restauró en parte el orden, continuó el servicio con algunos cantos. El coro estaba compuesto por doce o quince damas de la misión, que ocupaban un banco largo situado a la izquierda del púlpito. Casi toda la congregación participó.
La primera canción me sorprendió bastante. Era la épica melodía de Old Hundred adaptada a un salmo en tahitiano. Después de todas las escenas desgraciadas en que me había visto poco antes, esta situación, con todos sus elementos auxiliares, me produjo una conmoción profunda.
Muchas de las voces que oía a mi alrededor eran muy dulces y de amplio registro. También los cantantes se sentían muy a gusto; algunos callaban, de vez en cuando, para mirar a un lado y otro como si quisieran captar la escena en su plenitud. En realidad, cantaban con gran regocijo, a pesar de la solemnidad del himno.
Los tahitianos tienen un considerable talento natural para el canto, y en cualquier ocasión se entregan con mucho gusto a él. A menudo oí a muchachos jóvenes canturreando una o dos estrofas de una salmodia, como si se tratara de un fragmento de ópera.