Omu

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Ante esta citación, al pobre hombre le dio todo un espasmo de alarma.

—¡Venga, venga, carpintero, termine ya con esas tonterías! Deje que se levante, deje que se levante, señor. ¿Me ha oído? ¡Deje que el señor Jermin suba a cubierta!

—¡Métase en lo suyo, Tío Papeles! —respondió Beldad—. Esto es una pelea entre el maestre y yo, así que váyase a popa, que es su lugar.

Cuando el capitán, por segunda vez, metía la cabeza por la escotilla para dar una respuesta, una mano anónima le echó por toda la cara el contenido de un jarro de galleta remojada y hojas de té. El doctor no estaba muy lejos del lugar en ese preciso instante. Sin aguardar a ninguna otra cosa, el turbado caballero se echó ambas manos a la cara, que le chorreaba, y se retiró al alcázar.

Al cabo de unos momentos, después de verse obligado a aceptar un pacto, Jermin lo siguió, con la camiseta rota y la cara arañada, mirando a todos como si acabara de liberarse de alguna compleja pieza de una maquinaria. Los dos hombres estuvieron cerca de media hora en la cámara, donde la voz ruda del maestre se imponía al tono bajo y suave de la voz del capitán.


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