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Por la misma época, desde Londres se enviaron máquinas de tejer, y en Afrehitú, pueblo de Imeeo, se empezó a construir una fábrica. El zumbido de volantes y husos atrajo a voluntarios de todos los rincones, que consideraban un privilegio la admisión al trabajo; no obstante, al cabo de seis meses no se podía emplear ni siquiera a un muchacho. La maquinaria se quitó de su sitio y se envió a Sydney.

Otro tanto ocurrió con el cultivo de la caña de azúcar, una planta autóctona de la isla, cuyo suelo y clima es ideal para ella, y de una calidad tan excelente que Bligh llevó retoños a las Indias Occidentales. Todas las plantaciones llegaron a tener gran notoriedad por un tiempo: los nativos se esparcían como hormigas por los campos, donde se trabajaba con un ahínco prodigioso. Las pocas plantaciones que aún se conservan pertenecen a blancos, que son los que se ocupan de ellas, y prefieren pagar a un marinero borracho dieciocho o veinte dólares españoles por mes, en lugar de contratar a un nativo sobrio por su «pescado y taro».





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