Omu

Omu

🎯 ¿Cansado de los anuncios?
Elimínalos ahora 🚀

CAPÍTULO LII

EL VALLE DE MARTAIR

 

A través de un bosque subimos hasta un espacio abierto, donde oímos voces, y vimos una luz encendida en una construcción de bambú. Era la vivienda de los labradores, en cuya ausencia varias jóvenes se ocupaban de la casa, con la ayuda de un viejo nativo que, envuelto en una túnica de tappa, fumaba en un rincón.

De inmediato nos prepararon algo para comer, y después intentamos dormitar un rato, pero, ¡ay!, nos lo impidió una plaga en la que no habíamos pensado. Los mosquitos, desconocidos en Tahití, aquí se arremolinaron en torno a nosotros, y esto al cabo de escasos instantes.

Nos levantamos temprano, y salimos para ver el campo. Estábamos en el Valle de Martair, al que por ambos lados encerraban montañas majestuosas. Aquí y allá había cantiles abruptos, en los que crecían matas floridas y colgaban enredaderas cuyas flores se balanceaban en el aire. Este valle, bastante ancho junto al mar, se estrecha a medida que se interna en tierra, para culminar a varias millas de distancia en una cadena de alturas de lo más fantásticas, que parecen fortificadas con atalayas y torres, veladas por la vegetación y los árboles ondulantes. El valle mismo está cubierto de bosques, entre cuyos árboles se ve el brillo de tramos de arroyos y senderos estrechos, bien protegidos por la densidad de la fronda.


Reportar problema / Sugerencias

eXTReMe Tracker