Omu

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Tuvimos el cuidado de mantenernos a barlovento de ellos, pues su olfato y su oído, como los de todas las criaturas salvajes, son de una gran agudeza.

Como no había manera de saber si no nos encontraríamos con otra clase de piezas en las espesuras por las que marchábamos, nos deslizamos con cuidado. Los cerdos salvajes de la isla son de una fiereza nada común, y a menudo atacan a los nativos; por esto me era imposible no imitar el ejemplo de Tonoi, que de vez en cuando espiaba por debajo de la fronda. Las frecuentes miradas hacia atrás también me servían para asegurarme de que tendríamos libre la retirada.

Cuando rodeamos un matorral de arbustos, un ruido que partía de detrás, como el crujido de ramas secas, quebró el silencio. En un instante la mano de Tonoi se apoyó en una rama, preparando el salto, y el dedo de Zeke tanteó el gatillo. Una vez más se quebró el silencio y, con la idea de que era buen momento para aprestarse, me eché el mosquete al hombro.

—¡Rápido! —exclamó el yanqui, que puso una rodilla en tierra y apartó las ramas. De inmediato saltó su pieza: con un bufido salvaje, un jabalí negro, erizado, de labios rojo cereza recogidos sobre dos colmillos brillantes, atravesó ileso la senda y se hundió al otro lado, en la espesura. Le mandé como saludo un disparo en el momento en que desaparecía, pero no hubo la menor noticia de que se enterase de mi cortesía.


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