Omu
Omu A todo esto, Tonoi, el ilustre descendiente de los obispos de Imeeo, estaba a veinte pies del suelo.
—Aramai! ¡Baja, viejo tonto! —gritó el yanqui—. Ese bicho pesado ya estaba al otro lado de la isla antes que tú arriba. Me parece —continuó mientras volvÃamos a cargar los mosquetes— que hemos fastidiado la caza disparando al puñetas del jabalÃ. Esos toros habrán oÃdo el tiro, y se habrán largado a los saltos y con la cola al aire. Venga, Paul, subamos a aquella peña para ver si queda alguno a la vista.
Pero no se veÃa ninguno, como no fuese a una distancia que los convertÃa en hormigas. Se acercaba la noche, y mi compañero propuso que regresáramos a la casa de inmediato, y que, después de una noche de buen descanso, a la mañana siguiente empezáramos una buena jornada de caza con todos los efectivos de la huerta.
Mientras bajábamos al valle por otra vereda, atravesamos un terreno cubierto de un hermoso bosque, frente a la montaña.