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En Martair no había ladrones, pero era preciso sobornar a los habitantes del valle para que fuesen honrados. Se trataba de una transacción comercial común entre ellos y los labradores. Gracias a una buena cantidad de boniatos «debidamente pagados en mano», se abstenían de saquear la huerta. Otro seguro contra el pillaje era el hecho de que

Tonoi, su jefe, residiera permanentemente en la casa de la huerta.

Al regresar a Martair, por la tarde, encontramos al doctor y a Zeke muy cómodamente instalados. El segundo estaba tumbado en el suelo, la pipa en la boca, observando al doctor, que, sentado a la turca delante de un gran perol de hierro, estaba cortando boniatos y nabos indios y, de cuando en cuando, trozos de hueso, ingredientes que echaba, alternados, en el perol. Estaba preparando lo que llamó «caldo de toro».

En cuestiones de gastronomía, mi amigo era una especie de artista, y con el fin de ampliar sus conocimientos, el resto del día no hizo más que prácticas de lo que denominó Cocina Experimental: coció, asó, preparó con especias trozos de carne, y los sometió a toda suerte de operaciones ígneas. Era la primera carne fresca que ambos probábamos en más de un año.


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