Omu
Omu Además de otras carencias, estábamos absolutamente faltos de calzado. En el despreocupado y acogedor PacÃfico, los marineros rara vez usan zapatos; los mÃos se habÃan ido por la borda el dÃa en que nos enfrentamos con los alisios, y con excepción de una o dos caminatas en tierra, desde entonces no me habÃa vuelto a calzar. En Martair me hubieran venido bien, pero no era posible conseguirlos. Sin embargo, para la expedición que tenÃamos planeada eran indispensables. Zeke era dueño de un par de enormes y estropeadas botas que colgaban, cual alforjas, de una viga, y el doctor consiguió cambiarlas por un estuche para cuchillo, que era el último objeto valioso que poseÃa. En cuanto a mÃ, me hice unas sandalias con una piel de vaca, como las que usan los indios de California. Hacerlas no lleva más de un minuto: la suela, toscamente cortada a la medida del pie, se sujeta al empeine con tres tiras de cuero.
Nuestros sombreros merecen un par de palabras. El de mi compañero era un magnÃfico y viejo panamá, hecho con fibras vegetales casi tan finas como hilos de seda, y tan elásticas que, después de enrollarlo, volvÃa a recuperar su forma perfectamente. Con el toque desenfadado de su sombrero gacho hispano, y con su rura, el doctor Fantasma Largo parecÃa un grande en situación de mendicidad.