Omu

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No era menos distinguido mi aspecto, tocado como iba con un turbante oriental, que llegué a usar por los siguientes motivos: pocos días antes de arribar a Papeete, mi sombrero cayó por la borda, por lo que me vi obligado a armar un abominable rollo de tela de lana multicolor, lo que los marineros llaman «gorra escocesa». Es bien conocida la elasticidad de los tejidos de lana, y este tocado caledonio me coronaba las sienes con tanta eficacia que mis cabellos, así prisioneros, se veían muy perjudicados. En vano traté de dar alguna ventilación a la gorra: cualquier corte que hiciera parecía regenerarse sin tardanza. Un contacto continuado como aquél equivalía a un sol de justicia.

Al comprobar cuánto me disgustaba ese gorro, mi digno amigo Kulú me convenció de que se lo regalara. Así lo hice, al tiempo que le sugería que lavarlo en agua bien caliente tal vez devolviera su brillo original a los colores.

Entonces me armé el turbante: me enrollé en la cabeza una chaqueta nueva del doctor, de tela regatta, que era un calicó de colores alegres, de modo que las mangas cayesen por detrás; así me defendía bien del sol, aunque durante los chaparrones era mejor quitármelo. Las mangas colgantes eran de un gran efecto, y el doctor siempre me llamaba el Bajá de los Dos Apéndices.


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