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CAPÍTULO LXII

TAMAI

 

A la mañana siguiente, mucho antes de la salida del sol, mis sandalias ya estaban sujetas, y el doctor había saltado dentro de las botas de Zeke.

Con la expectativa de vernos antes de que nos marcháramos a Talú, los labradores nos desearon un viaje agradable; a la hora de la partida, con gran generosidad, nos hicieron el regalo de una o dos libras de lo que los marineros llaman tabaco «en rollo», y nos recomendaron que lo cortáramos en trozos pequeños, pues el tabaco de Virginia es el principal medio de pago en la isla.

Nos habían dicho que Tamai estaba a no más de tres o cuatro leguas de distancia; o sea que, pensando en los inconvenientes de un camino fragoso, en unas horas de descanso al mediodía y en nuestro deseo de tomarnos el viaje con calma, calculamos que llegaríamos a las costas del lago en algún momento del rojo atardecer.

Durante varias horas marchamos lentamente a través de bosques y barrancos, sobre montañas y precipicios, sin ver más que alguna que otra manada de ganado salvaje, y varias veces nos tomamos un descanso, hasta que hacia el mediodía nos encontramos en el corazón mismo de la isla.


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