Omu

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El doctor estaba muy animado. Se quitó su rura para chapotear en el mar y, después de nadar unas yardas, salió del agua entre brincos, cabriolas y piruetas, todo ello ejecutado sobre la arena con el cuidado de hacerlo en la dirección de nuestra marcha.

Digan lo que digan de la independencia gozosa que se siente sobre el lomo de un caballo, prefiero el primer arrebol de la mañana de un caminante feliz.

Así de jubilosos seguimos nuestra marcha, con el corazón tan ligero y libre de preocupaciones como sea de desear.

En este punto, no puedo menos que alabar las ventajas superiores que los países intertropicales brindan no sólo a simples trotamundos como nosotros, sino también a las personas indigentes en general. En estas regiones acogedoras, las necesidades son naturalmente muchas menos, y las existentes se satisfacen con facilidad: se puede prescindir por completo del combustible, de la vivienda y, si se quiere, de la ropa.

¡Qué distinto es todo en nuestras latitudes septentrionales! ¡Ay!, la suerte de un «pobre diablo» veinte grados al norte del trópico de Cáncer es, sin duda, lamentable.

De pronto el ancho de la playa se redujo a una yarda escasa, y el bosque denso casi se hundió en el mar. A la vez, en lugar de la arena suave, había fragmentos agudos de corales rotos, y resultaba muy incómodo caminar.


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