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CAPÍTULO LXVII

EL VIAJE POR LA PLAYA

 

Fue en el cuarto día del primer mes de la Hégira o Huida de Tamai (así empezamos a contar nuestro tiempo) cuando, tras levantarnos muy temprano, nos marchamos del Valle de Martair, aun antes de que los pescadores se hubiesen desperezado.

Era la hora del primer crepúsculo matutino. La mañana apenas asomaba por el borde inferior de una masa de nubes rojas, atravesadas por los picos brumosos de Tahití. El día tropical parecía poco deseoso de levantarse. Por momentos, sin mucha convicción, adornaba las nubes con débiles matices de rosa y gris, que no tardaban en esfumarse, y todo volvía a la penumbra. Sin embargo, los destellos que surgían endebles y pálidos se volvieron más y más brillantes hasta que, por fin, la mañana dorada dio un brinco desde el este, para arrojar sus rayos lucientes por todas partes, cada vez más altos, y sembrarlos por toda la faz de los cielos.

Con los aromas de los bosques de Tahití, llegaba una brisa indolente, refrescada al pasar sobre las aguas, y la playa húmeda, de la que las olas, se diría, acababan de retirarse, cedía gratamente bajo el pie.


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