Omu
Omu La idea de viajar en canoa nos resultaba muy placentera, y de inmediato nos dispusimos a alquilar alguna, de ser posible. Pero no lo conseguimos, porque no teníamos nada para pagar el alquiler, y tampoco podíamos esperar que nos la prestaran; por buena que fuera la disposición del propietario, lo cierto era que tendría que ir andando por la playa, mientras nosotros remásemos, para poder llevarse su barca cuando ya no la usáramos.
Al fin, se decidió que empezaríamos el viaje a pie, con la esperanza de que no tardaríamos en encontrar una canoa que fuese en la misma dirección y que nos llevara.
Los labradores dijeron que no encontraríamos un camino definido: lo único que teníamos que hacer era seguir la playa; por muy tentadora que nos pareciese la tierra firme, de ningún modo debíamos apartarnos del mar. En síntesis, la vía más larga era la más corta para llegar a Talú. En la playa, a intervalos, había pequeños caseríos, además de chozas aisladas de pescadores aquí y allá, donde nos darían bastante comida sin tener que pagar, o sea que no había necesidad de llevar provisiones.
Dispuestos a marcharnos antes del amanecer siguiente, para aprovechar las horas más frescas del día, nos despedimos de nuestros amables anfitriones por la noche; después, fuimos a la playa, botamos nuestra yacija flotante, y dormimos tranquilamente hasta el alba.