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—Permítame, mi querido Darby, que le presente a mi estimado amigo y compañero Paul —dijo el doctor, al tiempo que me empujaba hacia delante con todas las gracias y florituras imaginables. De inmediato, Darby empezó a recobrar sus facultades, y nos sorprendió no poco diciendo algunas palabras en inglés. En lo que pudimos entender, con ellas quería significar que estaba enterado de que había dos karhowris en la vecindad, que se alegraba de vernos, y que nos daría algo de comer sin tardanza.

Antes de nuestra partida, nos explicó cómo había aprendido inglés. En tiempos había vivido en Papeete, donde la lengua nativa está adornada de las frases marineras más clásicas. Al parecer, estaba muy orgulloso de haber vivido en la ciudad, y hablaba de ello del mismo modo significativo en que un provinciano dice que en otros tiempos vivió en la capital. El viejo se mostraba dispuesto a conversar largamente, pero nosotros estábamos famélicos, y le dijimos que preparase el desayuno, que después escucharíamos sus anécdotas. Mientras se afanaban con las calabazas, el afecto anticuado que se mostraban esos dos semisalvajes era de veras gracioso. No tuve dudas de que se estaban diciendo «sí, cariño», «no, mi cielo», tal como lo hacen en la intimidad las parejas jóvenes.


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