Omu

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Nos sirvieron una comida reconfortante y, al comprender nuestros comentarios sobre los méritos de aquellos alimentos, nos aseguraron una y otra vez que no esperaban nada a cambio de sus atenciones; más: podíamos quedarnos el tiempo que quisiéramos y, durante nuestra permanencia allí, su casa y todo lo que tenían ya no sería de ellos sino nuestro; más aún: ellos eran nuestros esclavos, la vieja señora hasta un punto que era totalmente superfluo. ¡Así es la hospitalidad tahitiana! Llega hasta la autoinmolación en el propio hogar por la comodidad del huésped.

Los polinesios llevan su hospitalidad hasta un extremo asombroso. Si un nativo de Waiurar, en el rincón más occidental de Tahití, se presenta como viajero en Partoowye, en el punto más oriental de Imeeo, aunque es un completo desconocido, los habitantes del lugar se le acercan, le invitan a entrar en sus casas, y a instalarse. Pero el viajero sigue su marcha, observando con atención cada casa, hasta que al fin se detiene delante de una que le gusta, exclama: «Ah, ena maitai» (está bien ésta, creo), entra, y se pone cómodo. Se tumba sobre la estera, y es muy probable que pida un buen coco tierno y un trozo de fruto del pan asado, cortado muy fino y tostado.



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