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Pero la pesca con arpón no era el único entretenimiento que teníamos en Luhulú. En la propia playa, un cocotero fuerte y viejo, cuyas raíces habían quedado al descubierto por la acción de las olas, dibujaba con el tronco una línea oblicua desde su base. Del cogollo del árbol caía una ancha tira de corteza, que con su extremo barría el agua a varias yardas de la playa. Era un columpio tahitiano. Un muchacho nativo se cogió de la tira y, después de columpiarse hacia delante y atrás lentamente, de pronto se elevó a cincuenta o sesenta pies del agua, y salió despedido por el aire como un proyectil. No creo que ninguno de nuestros funámbulos se atreva a emular la hazaña. Por mi parte, jamás tuve cabeza ni corazón para hacerlo, de modo que mandé a otro muchacho con una cuerda adicional, para mayor seguridad, e hice un gran cesto con ramas verdes, en el que junto a algunas amistades especiales mías solía columpiarme entre el mar y la playa durante horas.








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