Omu
Omu PARTIMOS HACIA TALÚ
La mañana era brillante, y más brillantes aún las sonrisas de las jóvenes damas que nos acompañaban, cuando saltamos a una especie de canoa familiar —ancha, espaciosa—, y dimos el adiós al hospitalario Marharvai y a sus posesiones. Nos alejamos remando, y ellos, en la playa, agitaron las manos y no dejaron de gritar aroha, aroha! (¡adiós, adiós!), mientras estuvimos al alcance de sus voces.
Aunque nos entristecía separarnos de esa gente, nos consolamos con la compañía de los que iban con nosotros, entre ellos, dos ancianas, pero, como no nos dijeron nada, nada diremos acerca de ellas, ni tampoco acerca de los dos viejos que conducían la canoa. En cambio, tengo mucho que decir sobre las tres jóvenes brujas picaras, de ojos oscuros, que iban tendidas a popa en la confortable y vieja góndola isleña.