Omu

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Después de revolver bastante fuera, bajo un cobertizo decrépito, el viejo apareció con nuestra cena. Con una mano sostenía una candela titilante y, con la otra, una gran calabaza llana, apenas provista de alimentos. Los ojos le bailaban en la cara: miraba de la calabaza a nosotros y de nosotros a la calabaza, como diciendo: «Ah, muchachos, ¿qué os parece esto? No está mal, ¿verdad?». Pero el pescado y el nabo indio no eran precisamente de lo mejor, o sea que fue una comida lamentable. Mientras hablábamos de esto, el viejo se empeñaba en hacerse entender con signos, muchos de los cuales eran tan exageradamente ridículos que no tuvimos duda de que estaba haciendo una serie de chistes pantomímicos.

Una vez recogidos los restos de la cena, nuestro anfitrión nos abandonó por un momento, para volver con una calabaza de gran contenido, provista de un cuello largo y curvo, en cuya boca había un tapón de madera. Los terrones que la cubrían nos hicieron pensar que el viejo acababa de desenterrarla.

Entre innúmeros guiños y horribles risitas típicas de los mudos, la garrafa vegetal recibió varios golpecitos; el viejo miró a su alrededor con cautela, y señaló la calabaza como si insinuara que contenía alguna sustancia tabú, o sea, prohibida.


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