Omu

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A pesar de que gritamos mientras nos acercábamos, la primera señal de que el ermitaño no nos había oído la tuvimos cuando el doctor subió y le tocó el hombro: el viejo estaba arrodillado en una piedra, limpiando pescado en el arroyo. Se puso en pie de un salto y nos observó. De inmediato, con una profusión de gestos rudos, nos dio la bienvenida, y por los mismos medios nos hizo saber que era sordomudo; después nos invitó a su vivienda.

Una vez allí, nos tumbamos sobre una estera vieja, y echamos un vistazo a nuestro alrededor. Los bambúes y calabazas manchados eran tan poco acogedores que el doctor se mostró partidario de seguir hasta Talú esa misma noche, a pesar de que ya estaba a punto de ponerse el sol. Pero al fin decidimos quedarnos donde estábamos.









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