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CAPÍTULO LXXII

UN CONTRABANDISTA

 

Debió de ser por lo menos el décimo día, contado en la nueva Hégira, cuando nos convertimos en huéspedes de Varvy, verdadero ermitaño de la isla, que se encargaba él solo de sus tareas domésticas, a un par de leguas de Talú.

A un tiro de piedra de la playa, había una roca fantástica, cubierta de musgo y muy hundida en una depresión. Estaba rodeada por un arroyuelo de poca profundidad, cuyas aguas fluían a ambos lados de la peña para volver a unirse más abajo. Una aoa nudosa retorcía sus raíces en torno a la roca, y se abría sobre ella en una fronda hirsuta; los elásticos tallos-raíces que caían de las ramas más largas se escurrían por todas las grietas y así se habían convertido en soportes del tronco principal. En algunos puntos, estas ramas colgantes, a la mitad de su crecimiento, no habían llegado aún a la peña, y sus extremos fibrosos ondulaban en el aire como correas de un látigo.

La cabaña de Varvy, un simple cobertizo de bambúes, estaba encaramada en un sector nivelado de la roca, y un extremo de su parhilera descansaba en una horqueta de la aoa, y el otro estaba apuntalado por una rama ahorquillada, metida en una grieta.


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