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CAPÍTULO LXXIII

RECIBIMIENTO EN PARTOOWYE

 

Al fin, antes de partir, tiré mis sandalias —bastante estropeadas para entonces—, con la idea de ser solidario con el doctor, obligado a andar descalzo. Fantasma Largo recobró a tiempo su buena disposición, aseguró que las botas, después de todo, implicaban un problema, y que lo varonil era, decididamente, andar sin ellas.

Esto se decía —hay que señalarlo— mientras caminábamos por un suave tapiz de hierba, incluso a mediodía algo húmedo gracias a la sombra del bosque por el que marchábamos.

Cuando salimos de allí, desembocamos en un tramo abierto, arenoso, sobre el que los rayos del sol caían con fuerza y, bajo el pie, las piedrecillas sueltas estaban tan calientes como la placa de un horno. Sería difícil superar los gritos y saltos que se dieron allí para atravesar ese espacio. No podríamos haber pasado hasta el anochecer, de no haber sido por unas pocas matas ásperas que crecían aquí y allá, en las que podíamos enfriar nuestros pies. No era poco importante el criterio que había que aplicar para seleccionar una mata porque, si no se elegía juiciosamente, existía la posibilidad de que, al saltar otra vez hacia delante, la siguiente mata estuviese tan lejos que resultara indispensable un enfriamiento intermedio, con lo que había que volver al punto de partida.


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