Omu
Omu En respuesta, le dijimos nuestros nombres; nos invitó a sentarnos, se sentó él también, y nos hizo una gran cantidad de preguntas, en una mezcla de inglés y tahitiano. Después de indicar a un viejo que preparase la comida, la mujer de nuestro huésped, una dama robusta, de aire benévolo y más de cuarenta años, también se sentó con nosotros. Nuestro aspecto de viajeros sucios dio abundante material para la conmiseración a la buena señora, que no dejó de mirarnos con pena ni de soltar exclamaciones lastimeras.
Pero Jeremiah y su esposa no eran los únicos moradores de la casa.
En un rincón, sobre un amplio sillón nativo de patas altas, estaba tendida una ninfa, velada a medias por sus propios cabellos, que aún tenía que ocuparse de su arreglo matinal. Era la hija dilecta de Po-Po, y por cierto que era una niña muy bonita. No tendría más de catorce años, sus formas eran deliciosas, como las de una flor recién abierta, y sus ojos, grandes y de color avellana. La llamaban Lu, un nombre bonito y dulce, es decir, muy apropiado, porque una damisela más dulce y fina no la había en toda Imeeo.